martes, 3 de noviembre de 2015

Deconstruyendo a Micolta



Después de haber cruzado un par de opiniones en caliente a propósito de la polémica de la semana, me tomé la molestia de ver completas un par de rutinas del tal Soldado Micolta, y a partir de lo observado, tengo las siguientes conclusiones:

1. Se trata, en primer lugar, de un humor ingenuo e "inofensivo" (en el sentido de no proponer ninguna lectura crítica o mordaz de la sociedad) que a lo mucho saca una que otra sonrisa.

2. Es como una especie de Chavo del Ocho con algo de malicia sexual. Un soldado que en teoría debería hace reír por falto de inteligencia y mamagallista. Por terminar siendo astuto en medio de su bobería. Nada muy original o trascendente.

3. Por lo tanto, la mayoría de los chistes deberían funcionar igualitos si el man no se pintara la cara. Existe poca exploración en los imaginarios (positivos y negativos) compartidos sobre los afrocolombianos (aparte del hablado y lo gestual). Esto resulta más malo que bueno, ya que demuestra que la única razón por la que el personaje tiene que ser negro es porque así es más coherente para el público que sea tonto e indisciplinado. Y porque existe algo "cómico" en el mero hecho de escucharlo hablar así. Por esto, sí se podría hablar de un recurso racista, quizás no en el sentido más malintencionado del término, pero sí como una exacerbación de lo "exótico" que aún hay en el otro. Por lo demás, las escenas del Soldado Micolta se basan en meros juegos del lenguaje y malentendidos. ¿Por qué tiene que ser negro? Just for the lulz.

4. El personaje es, entonces, unidimensional y aburrido, aunque, de alguna forma, puede generar simpatía o ternura, razón por la que la mayoría aboga por que no constituye un acto de racismo. Pero el racismo no siempre tiene que mostrarse agresivo; también puede ser pura condescendencia. En este caso, el negro es infantilizado. Es tan caricatura que en una imagen de Facebook —lamentablemente no sé ya cómo ubicarla— alguien puso como el batallón de los que lo defienden a un montón de personajes negros de programas de televisión. ¿Qué intentaba decir el que la hizo? ¿"Por el derecho a caricaturizar a mis negros"?

5. Pensarán que, entonces, esta misma lectura debe aplicarse sobre los otros personajes cómicos que representan a otros grupos étnicos, culturales o socioeconómicos del país. Es válido realizar la comparación, pero las consideraciones y los resultados del análisis no serían exactamente los mismos. La historia y las condiciones de cada grupo SÍ deben incidir  en la manera como aceptamos o no ciertas representaciones. Es nuestro deber como sociedad al menos cuestionárnoslo. El racismo y sus consecuencias aún no han sido completamente superados. Hay temas más delicados que otros.

6. En este mismo sentido, la idea no es ahora venir a meter toda la comedia en el mismo saco, y rasgarse las vestiduras diciendo que hay una guerra contra el humor, que la censura a Micolta parte del mismo espíritu que le quitó la vida a Garzón, etc. Dejen el drama. Este es un caso con unas características bien particulares en las que vale la pena ahondar. Y si esta es la comedia que van a defender a capa y espada, qué tristeza.

7. Una más: tan adalides de la libertad que resultaron todos en un país en que la gran mayoría se opone a la legalización de la marihuana, el aborto y el matrimonio/adopción gay.

sábado, 17 de enero de 2015

Cuando Maluma ofendió al heavy metal


En Colombia la indignación es un deporte que se practica en todos los estratos y regiones. Nos indignamos por cosas que importan y por cosas que no, aunque es más habitual lo segundo.

Hay una constante prevención por todo lo que el otro pueda decir, y a la hora de sacarlo de contexto para aumentar su potencial de provocar indignación, los grandes medios están más que listos. Con el pasar de los días, la gente más prudente empezará a analizar mejor la situación y señalará un nuevo caso de sobreactuación masiva; aunque el daño ya estará hecho, porque la mayoría de los indignados lo seguirá estando, hasta que haya un nuevo objeto de indignación

Pero es un trabajo necesario. Por eso antes de que pase más tiempo y el hecho se borre completamente del imaginario colectivo, quisiera referirme a una de esas situaciones mediáticas que marcaron el año pasado. 

Todo se desencadenó a partir de ciertas declaraciones emitidas por el cantante medellinense apodado Maluma, en una entrevista realizada en el mes de noviembre. Maluma está, como se dice vulgarmente, hasta en la sopa. Nos lo meten en programas de concurso, publicidad y revistas de farándula. Sabemos que es el ídolo de las jovencitas y que se tapa en plata haciendo una música que a muchos nos cuesta tomar en serio.

En ese contexto, es normal, que exista un poco de resentimiento. Y cuando un personaje genera incomodidad, sus muchos detractores viven alerta a una caída, a cualquier detalle del que agarrarse para confirmar que su odio tenía justificación. Así funcionan los prejuicios.


Pero si se ve muy noble.

En el caso del cantante paisa, probablemente esté en el imaginario de muchos como un joven superficial, con escasa educación musical y, por el tipo de música que interpreta, alérgico a todo lo que huela a rock. Por eso el sensacionalista titular de El Tiempo «No he podido entender la gritadera del ‘Heavy Metal’» se recibió tan mal. Pero, ¿por qué titular la entrevista con una frase aislada que no solo no recogía el sentido de la misma, sino que ni siquiera expresaba en su totalidad la opinión del cantante sobre esta corriente musical? ¿Por qué era tan relevante saber si a Maluma le gusta o no el heavy metal? ¿Ganas de crear controversia a toda costa?

Para entender mejor la dimensión de la polémica, y si esta era necesaria, hay que empezar por tomar en cuenta la pregunta y la respuesta completas:

—     ¿Es cierto que usted no soporta el ‘heavy metal’?
—     No es que no lo soporte, es que no lo entiendo. Tengo mucho respeto por los músicos de cualquier género, porque si están haciendo música, están creando arte, y por eso me identifico con cada uno de ellos. En lo del heavy metal, lo que no he podido entender es la gritadera. (Risas). Igual, mi production manager es roquero. En mi grupo de trabajo, todo el mundo tiene una onda muy diferente a lo que hago yo, y esa diversidad es muy bonita.

Identifico varios elementos que deben servirnos para atenuar el supuesto daño a la comunidad metalera. Primero, lo mucho que se esfuerza Maluma, ya sea por convicción o por corrección política, en resaltar su respeto hacia quienes hacen este tipo de música. Segundo, que él reconoce que su crítica parte de cierta ignorancia sobre las convenciones de este género y no de una apreciación elitista. Y tercero, sobre lo cual quiero detenerme para luego articular con el segundo punto, ¿qué es eso de la “gritadera”? ¿Tan alejado estuvo de la realidad?

Para los que estamos lo suficientemente empapados de la historia del metal, el término heavy metal está de alguna manera reservado para los artistas que pertenecieron, o suenan parecido, a las primeras olas del género, en las que destacaban más las voces virtuosas que las de tipos enfadados con ganas de destrozarse las cuerdas vocales. Sin embargo, en un sentido más amplio y mundano, aunque no necesariamente incorrecto, heavy metal (que literalmente traduce “metal pesado”) se emplea para referirse a todos los subgéneros que se desprenden del fascinante género iniciado por Black Sabbath, entre ellos algunos innegablemente “gritones” como el black metal.

Pero es que tampoco hay que irnos tan lejos ni exigirle a Maluma un riguroso conocimiento sobre los subgéneros del metal para encontrar verdad en su apreciación. Una canción como “Painkiller” de Judas Priest, puro heavy metal, fácilmente puede considerarse gritada, sobre todo en comparación con el estándar de la música pop.



Se puede pensar que la forma como Maluma uso el término “gritadera” fue prejuiciosa y peyorativa, pero seguro no lo fue más que cualquier alusión a la vulgaridad o la falta de creatividad del reggaetón, opiniones que músicos de otras tendencias han expresado hasta la saciedad. Incluso, en ocasiones los mismos adeptos de los diferentes subgéneros del metal utilizan este tipo de expresiones para desprestigiarse unos a otros.

Pero tal como sucede con el racismo u otras formas de discriminación, la ofensa permanece si el término usado para referirse a alguien es recibido en clave de insulto. En los casos en que no solo se acepta como de naturaleza neutra o descriptiva, sino que incluso el grupo minoritario se apropia de él con orgullo, se genera resistencia (ver nigga o queer).

Los rockeros o metaleros que se ofendan porque les dicen que su música es gritada están entrando en una gran contradicción, la de negar o avergonzarse de uno de los elementos más especiales de esta forma de arte y en parte al que se le debe su tono rebelde. O como dice Claude Chastagner en su libro De la Cultura Rock:

"La voz es una de las expresiones más radicales de la individualidad más obstinada del artista. Nos empuja, nos llama, nos pide que también nosotros afirmemos nuestra autonomía e independencia. No es un azar que las formas de rock que cultivaron de manera más ostensible la revuelta (…) privilegiaron (tal vez en exceso) el grito, el aullido, el ruido. ‘aullar es la única cosa sensata que se puede hacer’, escribe Neil Nerhing, ‘es lo que el grunge, el hip-hop, el metal, el punk y el riot grrrl tienen común, y como ellos aúllan bajo la mirada del público, las autoridades los detestan’ ".

Los músicos de este tipo de géneros saben que gritan, poco o mucho, y no deberían tener ningún problema en que se les reconozca. ¿Por qué otra razón Judas Priest titularía uno de sus álbumes Screaming for Vengeance? La legitimidad del grito es tal que no sola la encontramos en estos hijos revoltosos del rock, sino también en leyendas como James Brown o, atención al nombre, Screamin’ Jay Hawkins.



Es válido que la gente piense que ciertas opiniones buscan reducir la complejidad y riqueza de la música que les gusta, y extienden la ignorancia al respecto en una sociedad tan cerrada, pero hay que insistir: Maluma no dijo que esta música se tratara exclusivamente de gritar; dijo simplemente que no entendía esa parte. O sea, que hay una dimensión de esta expresión artística a la cual le es incapaz de acceder. Volviendo a Chastagner:

"Cuando [la voz] abandona las normas que le asigna el código social, cuando sale del marco de la comunicación o de la expresión estética convencional, pone al oyente en contacto con lo secreto, lo escondido, lo que pertenece a lo íntimo del artista, más que a su aspecto social. El grito es la expresión de un rechazo a la convención, al posicionamiento colectivo. El grito, como forma exacerbada de emoción, constituye una oposición a la mentira".

No puede ser que el metalero sufra cuando su música es absorbida por la masa, pero también cuando es incapaz de comprenderla. ¿No es más bien un logro que Maluma se declare impedido para acceder a ese universo de sentido? Si aún hay gente que es incapaz de entender algunas de las convenciones de la música que nos gusta, si no pueden sentir la belleza y verdad que puede haber en un grito desesperado, rabioso o eufórico dentro de una canción de rock, quiere decir que la bestia aún no ha sido domada del todo, y eso es algo de lo que debemos sentirnos orgullosos. 


Otos ejemplos de gritería que disfruto:





domingo, 7 de julio de 2013

Sobre el aborto

En lo que respecta al aborto, voy más allá de la opinión políticamente correcta de «en casos de malformaciones y violaciones». Creo que debería ser posible practicar abortos legales en todas las circunstancias en que no se ponga en riesgo la vida de la madre —o sea, en los primeros meses de gestación—, si existe consenso por parte de los potenciales padres y, cuando se trate de menores de edad, de los padres de los padres.

No obstante, antes de efectuarse el procedimiento, debería brindárseles, especialmente a la madre, información y asesoramiento psicológico, y hasta espiritual, para cerciorarse de que la decisión sea tomada a consciencia considerando todos los pros y contras. Mejor dicho, a la madre debería pintársele un panorama en el que la opción menos recomendable sea el aborto, pero que siga allí como opción si definitivamente no hay forma de que cambie de idea.

Yo no estoy a favor del aborto. Estoy casi completamente seguro de que nunca evitaría el nacimiento de un hijo mío. Aun para alguien poco supersticioso como yo, el escenario es tenebroso. De lo que estoy a favor es de la libertad personal y de la efectiva secularización del estado. No encuentro el aborto instrínsecamente positivo, pero siendo consecuente con la compleja situación social y económica que afronta el mundo, y en especial nuestro país, entiendo que en muchos casos puede ser el menor de los males. Y si podemos hacerlo aún menor poniendo a disposición los elementos para que se haga de forma profesional y segura, es mucho lo que estamos progresando. 

Por otra parte, como varias personas han mencionado, no creo que irse de aborto sea para una mujer como irse de paseo, por lo que no veo lógico que la liberalización en este aspecto vaya a generar un frenesí abortivo de proporciones bíblicas como temen los conservadores. A  Quien pueda practicarse un aborto más de una vez, sin ningún remordimiento ni trauma, definitivamente me le quito el sombrero.



En mi opinión, hay niveles de inmoralidad en el aborto. Así como no se puede juzgar igual a la chica abusada que a la que se olvidó de planificar, también hay diferencias notables entre la muchacha pobre a la cual su novio prometió el cielo antes de abandonarla y la mujer rica casada que quiere desaparecer el fruto de una aventura.

Mi fuero interno me señala que a la segunda debería obligársele a tener el hijo porque tiene con que mantenerlo, pero como lo que quiero es sugerir un esquema legal sensato que no responda a condicionamientos morales, debo creer en que ambas tienen el mismo derecho a interrumpir ese embarazo que, por una u otra razón, ya no desean.

Muy en la dirección de John Stuart Mill, creo que el castigo, si tiene lugar, estará en el repudio que estas mujeres pueden llegar a recibir en su entorno familiar o vecinal por causa de su decisión o en las secuelas psicológicas que esta probablemente deje. Quizás porque como dicen: Hell is other people. Pero no lo deseo el mal a nadie. Si estas mujeres consiguen proseguir su proyecto de vida de forma feliz y con el apoyo de quienes las rodean, me parece fabuloso.


Si hay un dios que castigue estas cosas, que salden cuentas con él después. Por lo pronto, que cada cual se las arregle como pueda y preferiblemente con ayuda de un marco legal que facilite la realización personal, dejando a un lado el lastre de la tradición religiosa. Claro que quien quiera recurrir a ella para moldear su existencia, puede hacerlo. De eso se trata la libertad. Si los padres temerosos de Dios y enemigos de la contracepción quieren tener hijos como conejos, pueden seguirlo haciendo... por ahora.

La sección de comentario queda abierto para todo el que quiera compartirme su opinión —tan conservadora o libertaria como se le antoje—.


Philoraptor es un ponente habitual de este blog.

lunes, 10 de junio de 2013

De la inmadurez y el perreo

Es triste que en esta sociedad la concepción de madurez esté estrechamente ligada a la idea de «normalizarse». Si uno tiene un background alternativo, subcultural o contracultural, en algún momento se le pide a gritos que acoja estéticas y tendencias de las mayorías, ya que por algo son las mayorías. Es decir, tanta gente no puede estar equivocada: falacia ad populum. O así esté equivocada, merece toda esa condescendencia de nuestra parte.

La madurez debería verse como la capacidad de desarrollar gustos y opiniones más independientes, de ser más creativos y menos predecibles. Pero no. La sociedad se burla de los punketos y metaleros de más de 30 años porque fallaron en su intento —si es que al menos lo intentaron— de acoplarse. Porque siguen alienados por un juvenil espíritu gamberro, porque se resisten a los encantos normalizadores de Abercrombie y Hollister. Porque probablemente siguen aferrados a la endogamia; a la infantil idea de que deben compartir su vida con alguien que tenga los mismos gustos.

La tribu urbana es vista como la representación más patente de la inmadurez cultural, y aunque en parte estoy de acuerdo, tampoco me convence el pretendido camaleonismo pregonado por la mayoría cool. 

Pensemos en el baile, la actividad estandarizadora por excelencia, al menos en este país. Recuerdo haber fracasado muy pronto en mis intentos de baile social, a la edad de 6 o 7 años, y, solo en parte debido a la ausencia de aptitudes, principalmente por la incapacidad de comprender las ventajas de esa actividad, en adelante nunca sentí la necesidad de hacerlo.

Cuando descubrí el rock, sentí que tenía por fin una justificación para no bailar. Era rockero y eso me dotaba de un aura de misticismo que usaba para disculparme ante el mundo por muchas cosas, incluyendo mi fracaso en los deportes y la imposibilidad de relacionarme de forma natural con mis compañeros de clase, especialmente las mujeres. Era más inteligente que los demás y, encima, escuchaba mejor música, ¿por qué me iba a acomplejar?

Pero la sociedad no te perdona. No importa si eres un excelente escritor —no digo que yo lo sea, es un ejemplo—, si eres satanista o millonario. No importa qué música te guste realmente, ni cuáles sean tus ideas sobre el mundo, una sociedad vacía y mediocre como la colombiana, y tal vez más la caleña, espera que te encante la idea de entrar a un sitio crossover y tratar de disfrutar la insulsa música del momento; que te prendas con aguardiente, saques a bailar desconocidas —aun cuando las posibilidades de intimar con ellas al final de la noche sean reducidas— y  sigas todo los protocolos de lo que se ha convenido como divertido. En la pista todos somos iguales, y eso tiene un gran atractivo para muchos.

Incluso hay un elemento hipster involucrado, ya que muchos de los cool-maduros que abogan por esta normalización tienen gustos genuinos muy alejados de lo que los enloquece en la pista en una noche cargada de tragos y lujuria. En sus reproductores de música probablemente no tienen «con ropa haciendo el amor». Quizá desprecien realmente ese tipo de canciones, y la rumba la viven con un dejo de ironía. Algo que, debo confesar, intenté hacer, pero no funcionó.




Algo así (imagen tomada de Post-Rock Raven)


A propósito de un comentario en Facebook, hace algún tiempo, alguien dijo que yo era una persona cerrada y, encima, agregó que tenía una mentalidad típica de «ciudad pequeña». Que si algún día viviera en Bogotá, cambiaría mi visión de las cosas. La verdad no entendí por qué lo dijo. Ni Cali es una ciudad tan pequeña ni   es imposible encontrar metaleros-salseros o alternativos que bailan vallenato borrachos.

Lo que me queda de todo esto es que no importa que tenga una colección con más de dos mil artistas, que pueda disfrutar de decenas de estilos, canciones de diferentes idiomas y épocas, con intenciones expresivas a veces radicalmente opuestas, porque mientras encuentre molesta la voz del pusilánime ese cantante de Aventura, seré una persona supremamente cerrada. Estoy obligado a crear una cierta simpatía por ese tipo de cosas, pero claro, a la gran mayoría nunca le pedirán que se deje conmover o impresionar por Cocteau Twins, Booker T. and the MG's o Tortoise.

Lo siento, pero la salsa no hace parte de mis referentes culturales fuertes. O tal vez si sea fuerte, pero no positivo. Fue aquello en oposición a lo que crecí. Eso suena inmaduro, pero siento que la inmadurez ya pasó. Llegué a entender bastante de la historia del género y a respetar varios de sus momentos e intérpretes, pero no, no disfruto. No me produce ganas de bailar y, entonces, no lo hago.

¿Por qué es tan fundamental bailar? Mucha gente no tiene buena gramática, no sabe un segundo idioma, no es capaz de reformatear un computador, no puede generar una sola idea creativa. Sin embargo no los hacen sentir tan incompletos como a alguien que, como yo, no sabe ni le interesa bailar*.

Por eso me resultan incómodos los encuentros con extranjeros en mi ciudad. Generalmente no quieren envolverse en discusiones interesantes conmigo o analizar las diferencias entre nuestros gobiernos. Casi nunca tienen idea de las bandas que me gustan de sus países. En vez de eso, solo desean que como el típico caleño que debería ser, los llevé al lugar con la mejor rumba.

*Entiéndase bailar en el sentido pseudo-académico que predomina en esta sociedad refiriéndose a un baile estandarizado que se puede hacer bien o mal. Porque bailar, bailo. Cuando escucho música que me gusta muevo mi cuerpo anárquica y desprejuiciadamente.

jueves, 28 de marzo de 2013

Ser agnóstico en Semana Santa


Tal vez parezca poco sensible jugar al grinch de la semana santa, pero juro por la posible existencia de Dios que no es mi intención. Simplemente desde mi posición de outsider tengo derecho a reflexionar sobre la festividad por la cual recibo dos días de descanso pago… a pesar de no creer.

Lo bueno del agnosticismo es que uno es un outsider a medias. De hecho, ser agnóstico es genial. Los ateos te respetan, los creyentes no te aborrecen… tanto. Cuando mueras, si definitivamente Dios no existe, no te sentirás tonto por haberte pasado la vida venerándolo. Por otra parte, si resulta que sí existe, tal vez sea posible que decida enviarte al cielo después de todo, ya que te aferraste a una pequeña esperanza aun sin contar con evidencia; y fuiste bueno sin necesidad de creer ciegamente en la existencia de un dios castigador, lo que es bastante meritorio en estos tiempos. Como agnóstico soy capaz de vislumbrar la existencia de un dios ordernador del universo, pero no podría verlo como un legislador —aunque soy consciente de que la moral cristiana sigue teniendo un peso muy grande en el derecho moderno—.

Entonces, los agnósticos nos situamos en un punto medio muy cómodo. Posamos de humildes, con comentarios del tipo «Me parece algo ofensivo para con Dios que pretendas conocerlo con precisión. Saber exactamente cómo es y qué opina sobre todo», o «¿En serio crees que lo que ves es todo lo que hay? ¿Y las grandes preguntas que aún no contesta la ciencia?».
   
Pero la verdad es que los agnósticos nos creemos superiores. Juzgamos a los cristianos por su ingenuidad y a los ateos por su falta de imaginación. Incluso el ateísmo puede tornarse militante. El agnosticismo no. Por naturaleza es falto de compromiso y hasta irónico. Aunque el agnosticismo a veces sea representado por un signo de interrogación, no es que nos la pasemos preguntándonos si en verdad Dios existe. Es decir, sería interesante saberlo, pero, al menos en lo personal, no es una información fundamental.



¿Cuál es el punto con que exista o no si igual las cartas están ya jugadas? Si nos va bien, mérito de Dios. Si no vas mal, Dios poniéndonos a prueba o preparando el camino ante algo mejor. Nunca nada será su culpa, porque se supone que no comete errores. Ser homosexual está mal, pero no es que dios los haya creado así. ¡¿Qué clase de dios sabio haría un ser de una forma que tiene que ser cambiado so pena del fuego eterno!? Con seguridad los homosexuales no nacen, se hacen. Esas son el tipo de cosas que te dirá casi cualquier cristiano.

Como apuntó alguien por ahí «Dios es como un casino. Nunca pierde». Incluso ya está escrito que derrotará a satanás. ¿Y cuál es la motivación de satanás para combatir si sabe que igual saldrá derrotado? ¿Reunir el mayor número de almas perdidas para torturarlas?


El punto es que ante una visión teológica tan rígida, ¿cómo no sentirnos tentados a desarrollar nuestra propia imagen de Dios? Un dios al que le preocupen cosas más trascendentales que si te acuestas con tu novia o te masturbas pensando en la vecina casada.

Leer Oración por Owen de John Irving me hizo reactivar mi lado místico y mi capacidad de creer en milagros y misiones de vida, pero al mismo tiempo reafirmó mi desprecio por la hipocresía eclesiástica (al menos en su mayoría de instituciones). Y es que básicamente te obligan a creer fervientemente que hace dos mil años una espíritu embarazó a la esposa de un carpintero, pero de ninguna forma aceptarían una historia parecida en estos tiempos. En sus escrituras tienen al único y verdadero mesías. No hay lugar para la salvación en ningún otro lado. Si tú o yo argumentamos haber nacido de madres vírgenes, nos etiquetarían de locos o herejes. En suma, el buen libro, el de Irving me hizo más agnóstico.

Cierro esta reflexión con el mejor argumento, y probablemente el más pretencioso, que tenemos los agnósticos: si de verdad existe un ente divino de inteligencia superior, no debería culparnos realmente por dudar y cuestionarnos acerca de su naturaleza. ¿O sí? ¿Qué sentido tendría que nos hubiera dado inteligencia si íbamos a basar toda nuestra existencia, opiniones y acciones en un viejo libro escrito por un montón de gente distinta, y que sufrió muchas traducciones y manipulaciones?
   

domingo, 24 de febrero de 2013

Vivo


Es curioso, pero últimamente he pensado mucho en la muerte y al mismo tiempo me he sentido excesivamente vivo. He vivido más de la cuenta al dormir poco y soñar casi todo el tiempo que paso dormido. Por otro lado, los malestares en mi cuerpo me recuerdan a cada momento que definitivamente estoy vivo.

Sí, he estado más vivo que nunca, pero no necesariamente más presente en mi vida. Debo levantarme temprano para ir a mi puesto de trabajo y permanecer allí, alerta y productivo, alquilándole mi vida a otro por unas horas; las mejores horas del día. Obviamente recibiré la compensación necesaria para que mi vida pueda ser viable como proyecto en sociedad, incluyendo un seguro de salud que eventualmente debería acabar con mis dolencias.

Si dejo de sentirme mal, probablemente recupere el buen dormir y no sea tan negativo ante la idea de alquilar mi vida. Quizás nuevamente entre en la ilusión de que estoy forjando un gran futuro en el que cumpliré unos sueños que en este momento ni siquiera tengo muy claros. Me conformaré con que las cosas vayan lento y aplazaré mis ideas de realización intelectual ante la seguridad que da una consignación cada quince días. Tal vez hasta cínicamente renuncie a ellas embelesado por el confort de la «sociedad de consumo».

En cambio, en un momento de mala salud, con la sospecha, paranoica o no, de una muerte temprana, siento deseos de acelerar todo, de dar un golpe definitivo que me demuestre que valió la pena habitar este mundo: ya fueran 24, 28, 40 u 80 años. También emerge, claro, un gran sentimiento de culpa por todo el tiempo perdido. Por las horas que malgasté mirando al techo o llorando porque me sentía diferente e incompatible con el entorno en que me tocó crecer. Experimento más culpa de la que sería razonable para un no-creyente. A lo mejor en el fondo sí creo. Siempre creí que debía hacerlo todo perfecto y que se me castigaría por cada error.

Ahora mismo no sé cuál es la actitud o el comportamiento ideal, pero aparentemente no he abandonado el sendero correcto: pon buena cara y haz lo que tengas que hacer. No obstante, necesito un plan B. Algo que me permita sentir que realmente estoy presente en mi vida y que le doy la dimensión que se merece.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Carta de un agnóstico a Dios

Dios, no te amo. No puedo amarte porque no te conozco. Fui instruido en una religión que tiene como principal ley amarte por encima de todas las cosas, pero no puedo amarte más de lo que amo una canción de My Bloody Valentine o el sabor de las fresas. Si efectivamente este vasto y complejo universo es obra tuya, digamos que admiro tu creación.

Pero solo porque mi existencia se debiera a ti, ¿estaría obligado a amarte? Eso me pone a pensar varias cosas. Por una parte, ¿un ser tan poderoso daría origen a una civilización con el principal propósito de que le adorasen? Es decir, ¿crearía seres y en un principio les hablaría mucho, les explicaría todo y les daría unas leyes, para en un momento simplemente negarse a comunicarse con ellos y dejarlos durante siglos y milenios a la guía de unos cuantos tipos poderosos y unos registros de dudosa fidelidad?

¿Y el objetivo a largo plazo sería que demostraras tu poder triunfando sobre el pecado? un concepto que tú mismo creaste. Francamente, la storyline de la biblia no me convence. Además es un guión que requiere un recurso muy pobre como es el Deus ex Machina (debes de estar riéndote, yo sé que sí).

¿Y finalmente qué es el amor? Es una palabra que usamos, es un instrumento del lenguaje, ¿pero llegamos a entender realmente de qué estamos hablando? ¿Seguro que la gente te ama sobre todas las cosas? ¿No será que simplemente tienen miedo de que los achicharres?

Bueno, digamos que muchos te aman y te expresan gratitud porque les ha ido bien en la vida: tienen familias comprensivas, buenos trabajos, relativa buena salud. De hecho, mi vida es lo suficientemente buena como para estar así de agradecido. Pero lo siento, no puedo sentirme complacido por esas bendiciones por respeto a toda esa gente que cree en ti y vive en la miseria, y la violencia. No soy tan petulante para creer que tengo algo especial que me hace más digno de tus regalos, ni me atrevo a creer que tienes favoritos. Me niego a pensar que odias especialmente a los haitianos y ruandeses. Y esa ironía de que los países más ateos son los más ricos y pacíficos, ¿la has notado? Qué cosa más rara.

Por otro lado, tampoco creo que manipules los partidos de fútbol ni que ayudes a nadie a ganar un examen. No me parece que alguien de tu categoría se preste para las trampas. Ni que te rebajes a servir en las tareas más básicas de los humanos. No creo que tu intención haya sido dar vida a unos peleles que no son capaces de dar tres pasos sin pensar en que necesitan tu apoyo.

Espero que si existes, sepas juzgarme objetivamente; por mis logros y aportes, y la forma como sorteé las limitaciones de mi condición humana. No creo que seas del tipo de engreído que me eche en cara no haberlo adorado ciegamente. Me da un poco de pena la forma como la gente te pinta, y el hecho de que crean que pueden definirte con precisión y saber qué opinarías sobre cada tema. Dicen amarte y respetarte por encima de todo, pero te subestiman. Creen que eres como cualquier rey, sensible y sugestionable. Creen que te preocupas por nimiedades y que pierdes el tiempo rastreando cada pequeño acontecimiento de nuestro mundo.

Ahora, también es posible que no existas. Si no eres un dios personal, sino una energía completamente inentendible desde nuestra realidad, probablemente no te interese leer mi carta. El lenguaje humano sería un vehículo de comunicación demasiado pobre para ti.

Claro, heriría mucho mi ego que no fueras una especie de mandamás con el que puedo entenderme y quejarme por la ingenuidad de mis ''hermanos''. Y es que yo mismo soy un ingenuo, porque mientras te escribo te imagino con barba y en un trono leyéndome, cuando podrías ser una mujer hermosa o una babosa gigante. O quizás cambias de forma según tu estado de ánimo.

Pero debo decir que, por lo demás, la vida no me cambia mucho si existes o no; y en caso de que existas, no me obsesiono con descubrir tus rasgos. Afortunadamente, hace un buen tiempo que dejé de temer a tu tan mentada furia. Diría que le temo más a los humanos, pero tampoco. Hasta donde prueba la evidencia, solo existe una vida y no me parece adecuado vivirla con miedo. Por eso hoy me tomé el atrevimiento de decirte unas cuantas verdades.

Que estés bien y déjate ver un día de estos.

Los problemas a los que se vería enfrentado un dios personal. 
(Imagen de Alberto Montt)

domingo, 2 de septiembre de 2012

Brutalidad capucha



Los hechos.

Como buen nihilista, no siento simpatía por la autoridad. Tampoco expreso un odio gratuito y automático hacia ella. Simplemente sé que existe por una razón, que en una sociedad habitada por tanta escoria es un mal necesario. Aborrezco por supuesto los actos corruptos cometidos por instituciones como el ejército y la policía, pero no voy por la calle mirando con rabia a todo el que ande uniformado. Especialmente porque nunca he sufrido la tan mentada brutalidad policíaca. De hecho, la mayoría de mis interacciones con la fuerza pública se han dado de forma amable, respetuosa y cordial. Han sido muy serviciales, a decir verdad. Solo recuerdo dos situaciones que podrían servir como ejemplos de roce con la autoridad:

 El primero, cuando en un claro acto de ineptitud la policía me sacó, y a un gran grupo de menores, de un concierto de Misfits en el que no se estaba vendiendo licor. Amablemente nos hicieron subir a un camión y nos mantuvieron asegurados en una estación hasta que fueran a ''reclamarnos''. No recibí ningún tipo de maltrato y, cuando llegó mi hermano mayor, el procedimiento para recuperar mi libertad fue sencillo.

El segundo ocurrió una vez en que llegué un poco tarde a mi casa, que quedaba a unas pocas cuadras del Batallón Pichincha. Un grupo de soldados me esculcó en busca de drogas y uno de ellos en un momento hizo el amague de apuntarme con el fusil. Todos rieron. Ese fue un acto imprudente y desconsiderado, pero más terror me produjeron los compañeros de colegio que me hacían bullying o los capuchos que en cierta ocasión nos persiguieron a un amigo y a mí a la salida de la universidad. Querían que nos fuéramos rápido de allí para que no estorbáramos en su ejercicio heroico. No consideraron que a nuestro lado corrían una muchacha y un muchacho. Ella lo llevaba porque él no podía moverse bien. Había algo malo con una de sus piernas. No recuerdo qué, pero su situación era especialmente riesgosa. Se habla mucho de terrorismo de estado, pero ese día sentí el terrorismo capucho. Estallaron una papa muy cerca a nosotros; nos alcanzaron algunos fragmentos. Desde ese día los odio sinceramente y no me sorprenden sus alcances destructivos.

Dirán que me ha ido bien con la policía porque soy un ñoño. Efectivamente, no infrinjo la ley. No consumo alucinógenos en la calle ni hago grafitis en zonas prohibidas. Tal vez me ayude también el no pertenecer a ninguna minoría. Yo sé que la brutalidad policíaca existe, pero por cosas de la vida he conocido primero otros tipos de brutalidad. Como la brutalidad capucha. Por eso es que me harta un poco tanta canción anti-policía. En una ciudad tan peligrosa como ésta, ver una patrulla me reconforta. Reitero, la autoridad no me produce simpatía intrínseca, pero prefiero estar rodeado de ellos que de asaltantes dispuestos a matar por un celular. Además eso de creer que los policías son simplemente la gente que no aprendió a leer o que no quiso estudiar, como rezan los eslóganes mamertos, es aberrantemente ignorante e ingenuo. 

A mí los policías y soldados, los buenos, como los que me han ayudado, me producen una mezcla de lástima y admiración. Me parece estúpido sacrificar la vida por el servicio a un estado, a una comunidad. Pero alguien tiene que hacerlo. Y yo no soy capaz. Soy un cobarde y un debilucho. Pero ellos por altruismo, por egolatría, porque no tenían otra opción en la vida, o incluso porque en el fondo son unos sádicos que se deleitan con la idea de hacerle daño a otro ser —tal vez son todas las razones a la vez—, sí son capaces y eso merece algo de respeto. Debe de haber muchos que sean unos hijueputas, como también muchos capuchos, profesores, políticos, periodistas o artistas que lo son. Pero muchos otros son gente como usted y como yo, que ama a su familia, que se conmueve con una película y disfruta de un partido de fútbol. Los he visto sonreírme y desearme un buen día. Por eso no ando por las calles pensando que son todos unas máquinas de maldad. Brutalidad hay en todas partes, no solo debajo de un uniforme verde.

Nota final: no sé quién mató al policía, pero quien quiera que haya sido no cambia los pensamientos que he expuesto en este escrito. Por encima de todo, y por la razón que sea, es un gran dolor ver que mi universidad se convierta en un escenario para homicidios.

sábado, 7 de julio de 2012

¿Por qué la columna de Azcárate tuvo más de bullying que de sátira o humor negro?


Sé que ya todos deben de haber leído la famosa columna de Alejandra Azcárate en Aló Mujeres y que para este momento tienen que estar saturados de tanta réplica y reivindicación. Yo mismo estoy un poco cansado del tema y estuve a punto de desistir de elaborar este texto. Además, pensarán, ¿Qué tengo para decir yo si no soy mujer ni gordo? ¿Para qué voy a replicar? Pues bien, sé de un par de cosas que son importantes en este asunto. De comunicación y periodismo —es mi profesión— y de humor —mi tesis de grado es un juicioso análisis sobre la construcción de la comedia—. Por lo tanto, quiero enfocarme en aspectos conceptuales del escrito de la señora Azcárate para revelar por qué es tan malo.

Generalmente, cuando alguno de nuestros flamantes escritores ácidos (Samper, Azableh o cualquier otro) sale con alguna columna controversial, el país se divide: entre los indignados y los que entienden el chiste. Aun en los casos de textos altamente impopulares, aparece uno que otro abogado del diablo —muchas veces este servidor— argumentando que esta sociedad no ha aprendido a reírse de si misma. Sin embargo, para Las 7 ventajas de la gordura de Alejandra Azcárate pareció no haber defensa posible; unánimemente fue enviado al infierno. ¿Es algo personal contra esta figura, de por sí bastante controversial, o hizo algo realmente mal? Lo descubriremos examinando algunas convenciones del universo cómico.

Para empezar hay que aclarar el humor pesado no es cosa nueva. No se lo inventó Matt Groening y de hecho es casi tan viejo como la risa misma. Aristófanes, quien vivió en Grecia cinco siglos antes de cristo, era un satírico tan malicioso como los héroes de Internet de esta generación. La sátira se vale de figuras retóricas; una de las más importantes es la ironía. 

La ironía es un recurso retórico que consiste en la oposición de lo que se piensa y lo que se dice. La mayor parte del texto de Alejandra Azcárate es irónica porque habla de unas supuestas ventajas de la gordura, cuando en realidad cree que ser gorda es de lo peor, como apunta al final. Efectivamente, como ella defiende, su texto es irónico. ¿Cuál es el problema?

La  ironía cómica trabaja sobre asuntos en los que existe disenso

Uno de los principios de la ironía cómica es que se refiera a temas en los que la sociedad no se pone de acuerdo. Si yo digo ''Uribe fue un excelente presidente'', la ironía cómica toma forma porque sabemos que hay muchísima gente que opina todo lo contrario, pero también muchísima gente que piensa que de hecho es así. Funciona así: si yo encarno la opinión de mis contrarios y finjo estar de acuerdo con ellos, pero enumero una serie de atributos de Uribe que en realidad hablan de todo lo incorrecto que hay en él, estoy usando un recurso cómico verdaderamente efectivo. Estoy desmitificando. Como saben, ese recurso lo usa mucho Daniel Samper. No digo que lo haga bien o mal. Simplemente lo hace.

¿Qué hizo Azcárate?

Piensen en esta ironía: el cáncer es buenísimo. No es cómica ni revela nada. ¿Por qué? Porque todo el mundo sabe que el cáncer es malo. No hay nadie que defienda el cáncer. Por eso es imposible generar comicidad con un apunte así. Lo de Azcárate fue algo similar. Se despachó enumerando unas supuestas ventajas de la gordura, cuando la sociedad considera que, en términos generales, la gordura es una condición indeseable. Todos saben que la gordura es problemática. Por lo tanto, ¿qué trató de revelarnos Azcárate? ¿Qué era lo que atacaba? Bullying. Sigamos.




Homero sí quería ser obeso, pero tenía una justificación cómica: su flojera era más fuerte que su sentido de autoimagen.


El humor se hizo para atacar a los fuertes, no a los débiles

Esta no es una verdad absoluta, pero es parte de lo que ha hecho grande y liberadora a la comedia. Los chistes y las demás modalidades cómicas siempre han tendido a igualar a la sociedad, a denunciar los vicios y defectos de los poderosos, de los que se consideran privilegiados. En muchas ocasiones en que la comedia parece atacar a los indefensos, en realidad está encubriendo una crítica a la crueldad de los dominantes, como en aquella columna en que el autor finge ser un godo recalcitrante para demostrar los peores atributos de ese sector de la idiosincrasia colombiana.




O las burlas a la fealdad de Meg y su necesidad por encajar.

¿Qué hizo Azcárate?

Siguiendo con esta idea, Azcárate pudo haber salvado su texto con el párrafo de cierre. De hecho yo pensé en algún momento de la lectura que su diatriba contra los gordos escondería una crítica a la sociedad superficial, a la discriminación y/o a la ''gente bonita''. Ese habría sido el recurso inteligente: atacar al grupo hegemónico. Pero no. Hizo el juego contrario. Fingió (de una forma muy torpe, dicho sea de paso) estar del lado de las gordas, para terminar alabando la imagen de belleza dominante. Emprenderla contra los que ya están en posición de desventaja no es comedia, es bullying.

La comedia generaliza 

La comedia se basa en estereotipos. Por naturaleza, no le interesa mucho centrarse en los matices o en el alma de las personas. Ve rasgos que más o menos se repiten y que la sociedad reconoce: muchachas lindas tontas, políticos corruptos, hipsters pretenciosos, nerds con problemas para conseguir chicas, etc. 

¿Qué hizo Azcárate?

Azcárate lo... ¿hizo bien? Sí y no. Lo más que se le ha achacado a su columna fue el tono generalizador. Muchos le gritaron ''¿Por qué no habló desde su experiencia?'', tomando por sentado que cuando ella fue gorda sufrió todos esos infortunios. A mí parecer, el punto es que ésta fue una generalización excesivamente arriesgada. No todas tienen que ser así de problemáticas, pero ésta lo fue. La población que puede ser catalogada con la palabra ''gorda'' es muy amplia (no es un chiste) y con ella se sienten aludidas mujeres muy diferentes: desde las que simplemente no corresponden al canon de belleza impuesto por estar ligeramente pasadas de kilos, pero son ¡qué mujeres!, y evidentemente no tienen dificultades para tener una vida romántica y social exitosa (como la chica que dice que es un Sofá muy rico; no la conozco personalmente, pero en fotos se ve preciosa); hasta mujeres que padecen obesidad mórbida, que es un problema de salud serio, y por ello pueden (no necesariamente) sufrir de baja autoestima o haber experimentado discriminación laboral, entre otras dificultades.

Para el primer grupo de mujeres, los apuntes de Azcárate resultan desacertados y ridículos; para el segundo, la columna es inapropiada, insensible e innecesaria. Además que en algunos puntos, como en el de no tener muchas chances para conseguir sexo, la autora conscientemente confunde gordura con fealdad, los cuales no son sinónimos.

Risa o indignación

Otro dato sobre la risa cómica. Se considera que ésta tiene una función antiséptica, que cuando emerge por causa del ingenio de una construcción desplaza a lo sentimental y a lo moral. Por eso a veces nos reímos de cosas crueles, sin sentido o que incluso menoscaban nuestra propia imagen. Porque la buena comedia rompe con todo y nos libera. En este escrito de Alejandra Azcárate solo vemos la crueldad y la grosería porque el mecanismo cómico no es bueno. La risa no logra imponerse a la indignación. Dice que es una satírica, pero intentó hacer una sátira sobre un tema en el que no hay discusión, donde no hay nada qué descubrir, poniéndose de parte del grupo hegemónico y haciendo una generalización excesiva. Con esas características no hay excusa de ''es que es humor negro'' que valga.

Es cierto, no tendría por qué reivindicar o ensalzar la gordura. Eso sería irresponsable considerando que, aparte de ser una condición que puede poner en riesgo la salud de las personas, en muchos casos tiene lugar por descuido o malos hábitos. Pero si simplemente quería enviar un mensaje para que la gente se preocupara más por mantenerse en forma, pudo haberse ahorrado todo este circo.

domingo, 8 de abril de 2012

La apatía (Parte 1).

Dígame si a veces ha deseado poder bloquear el Inicio de Facebook. No cerrar la cuenta, porque desea seguir aprovechando el servicio de mensajería y necesita ese espacio para acumular información en torno a su propia vida, sino simplemente dejar de recibir ese tumulto de ideas y apreciaciones de los demás: sus chistes, sus protestas, sus canciones. Porque a lo mejor se siente menos identificado que nunca con esa supuesta comunidad de la que hace parte. Porque antes no era así y usted no tenía necesidad de tener a esta gente tan cerca, dándole detalles de cada pequeño acontecimiento de su vida.

Eventualmente usted podría cancelar la suscripción a todos sus contactos, tendría que hacerlo uno por uno, y terminar con un Inicio solamente al servicio de sus propias publicaciones. Pero esto no lo haría sentir necesariamente mejor. Porque si se vio conducido a tal grado de hastío fue debido a un problema estructural: en medio de tantas conexiones, se siente desconectado. Y es un síntoma de la manera como se vive esta posmodernidad o como se antojen en llamarla. Ve un montón de causas, de anhelos, de movimientos, pero no parece que alguno sea el suyo. Le cansan los religiosos, los ateos, los animalistas, lo snobs del arte, los que se la pasan transmitiendo buena onda y también los que reniegan de todo o se la pasan con el corazón roto. ¿Qué van a conseguir finalmente? Parece que vivieran vidas con sentido, pero usted descubre en ellos frecuentes inconsecuencias, por lo que prefiere alejarse de sus manifestaciones.

Tal vez le fatigue que cualquier pequeño comentario pueda convertirse en una discusión supremamente apasionada. Puede ser que usted no participe en alguna de ellas, pero tenga la mala de fortuna de encontrarse con una hilera de sandeces, de verdaderas barrabasadas de parte de individuos que se creen muy sabios o que dominan muy bien el tema en cuestión. Y usted quisiera poner a cada uno en su lugar, ¿pero qué más da?

La posibilidad de que cada individuo se convierta en creador de contenido, y la abundancia de información que esto genera, lo satura de puntos de vista. Muchos de ellos independientes, muchos otros calcos. Sea lo uno o lo otro, el sentimiento de pertenencia a algo se debilita, porque cada cual parece más notoriamente constituir un mundo aparte, así sea solo una impostura. Se unen en torno a una causa y al instante divergen en cualquier otro asunto. A veces surge algo bueno de una de esas discusiones acaloradas, pero usted no tiene el tiempo ni la paciencia para explicarle su punto de vista crítico y bien informado a mil babosos. Puede hacerlo a través de una entrada en un blog, pero no todos la leerán. Encontrarán cosas más divertidas en que invertir su tempo online.

Dicen que la ironía es el signo que domina a esta generación. Que ningún compromiso es real, que todo es aparente. Cuando se tiene acceso a todo tan rápido, y las ideas se dinamizan a este nivel, resulta poco atractivo amarrarse a una tendencia, a una ideología. Entonces, se vaga por ahí, saltando de un blog a otro, reuniendo tantos datos que al final se entiende menos que al principio... Y en un punto no hay tiempo de averiguar más, porque toca concentrarse y ponerse a trabajar.

Por eso es más fácil terminar sucumbiendo a los encantos de la comedia. Un universo en el cual nuestros principios e idealismos son suprimidos, porque no nos hacen falta; al contrario, nos estorban. Nos hacen percibir el mundo como un lugar demasiado serio, y como nos sentimos incapaces de cambiarlo, sufrimos por ello. En la comedia todo se relaja. Nos burlamos de todos esos que se toman en serio las cosas, que se atreven a creer en algo. Nos burlamos de nosotros mismos, porque sabemos que así como pensamos una cosa hoy, mañana pensaremos otra. Estamos finalmente desarraigados; de alguna manera, somos inmunes.

lunes, 17 de octubre de 2011

De representaciones, estereotipos y dignidad nacional.

¿Existirá en el mundo un pueblo que se sienta ofendido tan frecuentemente como el colombiano? ¿Serán los constantes lloriqueos producto de una verdadera campaña de deslegitimación proveniente del primer mundo?

Carla Bruni, Señor y señora Smith, Bruce Willis, David Letterman, y muchos más, tienen en común el haber incitado la indignación de un país que no soporta que se diga una cosa más sobre él que no sea acerca de los triunfos de sus estrellas, la calidad de sus exportaciones o la belleza y espíritu trabajador de su gente. Esta actitud en la sociedad colombiana se ha hecho patológica. Es incapaz de recibir de buena manera cualquier crítica o referencia a los problemas del país, aunque provengan de un universo [pretendidamente] neutral como el arte —Incluyendo aquí la comedia—.

Los teóricos le otorgan a la dimensión estética un carácter antiséptico y aislante. Como si lo que ocurriese dentro de la producción artística no debiera necesariamente responder a los condicionamientos de la sociedad organizada, ni en términos de bueno o malo ni de verdadero o falso. En cualquier caso, los productos culturales pueden promover buenos o malo sentimientos, así como realizar lecturas documentales de la realidad, o distorsionarla en los amplios caminos de la ficción.

Aquí se pretende que la ingenua campaña por mejorar la imagen de un país —Ya que no su realidad esencial— decida qué es correcto mostrar y decir para cineastas, escritores, músicos o comediantes. ¿Tiene esto sentido?

''¿Pero es que por qué siempre nosotros como los malos?''. Por favor, el cine en su modelo clásico gira en torno a conflictos y, por una convención que asegure su rentabilidad, preferiblemente conflictos que sean ampliamente reconocibles y entendibles para el público masivo. Así que olvídense de una película acerca de las bondades del café colombiano, porque allí no existe un conflicto, o al menos no uno lo verdaderamente fuerte. Claro que se puede hacer películas sobre temas amables, conflictos que no tengan que ver con el narcotráfico o la guerra de un país, pero ese no es el punto, porque estamos aceptando el hecho de que existe un género de películas que privilegia la acción y la emoción generadas por el crimen y la violencia, y que éste es enormemente solicitado, aunque quizá usted y yo lo disfrutemos muy poco.

En este orden de ideas, usted no podría esperar que surgieran muchas películas sobre terroristas austriacos, sobre turismo sexual en las Islas Feroe o desnutrición en las calles de Montreal. Aunque como ejercicios de ruptura podrían ser muy interesantes, pero desconcertantes para un público que tiene una idea de más o menos cómo funciona el mundo y espera que se le respete. El tercer y el cuarto mundo son los que contienen la mayor cantidad y gravedad de conflictos sociales para cierto tipo de cine.

''¿Pero por qué dicen mentiras sobre mi país?''. Este es un punto importante y delicado. Recordemos que la narrativa es un universo donde lo verosímil pesa más que lo 'verdadero'. No es necesario que algunos personajes o situaciones que se crean estén inspirados en personajes y situaciones exactas del real. De otro lado, es posible que muchos eventos perfectamente documentados no sean tragables para el espectador —el típico 'cuando la realidad supera a la ficción— o simplemente carezcan del atractivo necesario.

Lo importante es que el espectador, por lo que le permite la información de contexto más sus insumos culturales, admita que lo que se le está mostrando pudo o podría pasar, y que sea entretenido. Aquí entran en juego los estereotipos y las representaciones sociales. Yo estoy convencido de que deben existir ingleses impuntuales, judíos desprendidos e islandeses guapachosos, pero para el lenguaje cinematográfico son mucho más convenientes los rasgos que se han convertido en lugares comunes —cuando se opta por desafiar la regla general, debe hacerse por una muy buena motivación—, especialmente si son rasgos conflictivos y sobresalientes, aun cuando solo representen a una pequeña parte de la población. Esto es muy importante porque, por ejemplo, cuando se hace una película sobre un colombiano sicario, no se está señalando que casi todos los colombianos son sicarios; más bien, se está señalando que de los sicarios que existen en el mundo, una buena parte son colombianos. El problema es que la mayoría de los patriotas ofendidos realizan la primera operación lógica, la incorrecta: un sofisma.

Los estereotipos no son necesariamente buenos ni necesariamente malos. Cada uno debe ser analizado en su contexto específico: algunos son más acertados o justificados que otros. En general, los estereotipos tienen una utilidad social; ayudan a dinamizar las relaciones sociales y a que los individuos se formen una imagen menos caótica del mundo (tengo bibliografía sobre ésto, pero me da pereza citar. Más bien si alguien está muy interesado en el tema, me puede decir y le facilito información).

Además, si aún el cine documental reconstruye la realidad, haciendo omisiones y adiciones, ¿por qué pedirle a la ficción que sea tan responsable? Su misión es crear una experiencia inspirada en la realidad, pero independiente de ella, y que el espectador se olvide de quién es por un par de horas. ¿Que en Mr. and Mrs. Smith se muestra a Bogotá como una ciudad calurosa y poco desarrollada? Bueno, éste es un craso error que solo debería ofender al equipo producción de esa mediocre película. No sé si se hizo adrede. Es probable que hayan pensado que para muchos espectadores alrededor del mundo sería una representación verosímil de la capital de Colombia, y que efectivamente lo haya sido gracias al pobre nivel de cultura general de esos espectadores. Creer que todo el territorio colombiano es llano, cálido y rural no es un prejuicio o un estereotipo negativo; es simple y grosera ignorancia.


¿Fue un error con intención política? No estoy yo para decirlo. Creería que fue más bien fue una treta de la producción. Más que una ofensa a la dignidad de un país, es una ofensa al arte cinematográfico y a la inteligencia del espectador, cuando esta tuviese lugar.

¿Que Carla Bruni puso en una canción ‘más peligroso que la cocaína colombiana’? Bueno, tal vez pudo haber sido menos ruda y haber dicho que ‘eres más peligroso que la cocaína de Montpellier’. Ya, en serio. Es música. Es arte. Si dejaran de pensar, por un instante, que Colombia es el centro del universo, se darían cuenta de que las distintas manifestaciones artísticas durante siglos han expresado TODAS las circunstancias, las alegres y las penosas, de la raza humana y la sociedad que ha constituido. Todo ha quedado en evidencia a través de novelas, películas, canciones, esculturas, pinturas, etc. Lo que es, lo que fue, lo que será y lo que se sueña. El arte no puede estar en función de los intereses de las empresas promotoras de turismo.

Si Colombia deja de pensar, por unos instantes, que todo el mundo está pendiente de ella, observaría como son mostrados los individuos de otros países o grupos sociales en el discurso de los medios, la televisión, el cine. Vería que en Los Simpson El Gordo Tony es un mafioso italo-americano, el hombre abejorro un bufón mexicano y el niño albanés por el que intercambian a Bart en cierta ocasión es un espía con fines militares en contra de los Estados Unidos.

Está claro que cuando el sentimiento de cohesión e integridad de un grupo social —o todo un estado nacional, como en este caso—no es lo suficientemente fuerte, no puede evitar sentirse amenazado a cada paso. Cree que desde una y otra dirección se intenta menoscabar su dignidad, cuando nadie lo ha hecho tanto como él mismo.

martes, 6 de septiembre de 2011

Novias de mentira

Un aforismo célebre en Twitter (cuyo trabajo de atribución no efectuaré, porque a estas alturas la referencia al creador de la frase debe estar perdida entre tanto plagiador) dice algo como: «Las mujeres podemos fingir orgasmos, pero los hombres pueden fingir relaciones enteras». Más allá del instantáneo orgullo que a mi género puede representarle este gran logro evolutivo, aparentemente, surgen varias consideraciones que traigo en este post.

Y de entrada quiero aclarar que mi experiencia me dice que esta habilidad para fingir relaciones también puede existir para las mujeres, pero eso lo verán un poco más adelante. Lo importante por el momento viene con la siguiente confesión: solo he tenido dos novias en mi vida y ambas fueron de mentiritas. No de mentiritas como los noviazgos de la infancia en lo que lo más caliente que ocurre es caminar cogidos de la manita, ni de mentiras como las relaciones a distancia o las que se ponen en Facebook sólo por diversión o aburrimiento. Se trató de relaciones formales con personas que conocía y con las que existía contacto físico, pero que no estaban sustentadas en ningún sentimiento valedero, sino simplemente en el estar por estar. Relaciones fingidas.

¿Por qué fingidas? Y más importante ¿por qué yo tendría que fingir una relación? Fingir una relación es levantarse cada día sabiendo que se tiene un contrato emocional-erótico con una persona por la cual no se siente nada diferente a lo que se podría sentir por cualquier otra escogida al azar y forzada a estar en la misma situación. Es sentir que esa persona es del montón y que lo único especial es que es tu novia porque fue lo único o – más triste aún – lo mejor que pudiste conseguir. Sí, porque ‘lo mejor’ no siempre es sinónimo de bueno. Sería como lo menos maluco, lo más aceptable.

Seguro cuando piensan en razones para fingir una relación lo primero que se les venga en mente sea ¡SEXO! Y van por el buen camino. No sólo porque el sexo no siempre es fácil de conseguir, sino porque una cosa es conseguirlo al azar, con limitaciones y prevenciones, y otra tenerlo seguro, limpio, estable, y con la posibilidad de al menos pretendes que se hace con cariño. Y con alguien que al menos físicamente te gusta. Porque, hay que ser claros, las relaciones no se fingen con alguien que detestes o te parezca abominable. Si uno se ha visto conducido a una relación es porque al menos en principio encontró algo física, intelectual o emocionalmente atrayente en esa persona, pero si en el proceso eso no prospera y no se convierte en un sentimiento real, ya que tus hormonas han generado una obligación hacia esa persona, queda la opción de fingir que existe un vínculo real para continuar los beneficios y evitar el drama.

Y no se trata sólo del sexo. Tal como el primer beso, el primer noviazgo es una necesidad más social que física. Se necesita saber qué se siente y todo en el mundo está diseñado para hacernos anhelar vivir los encuentros románticos en heladerías, los mensajitos preocupados por el otro, las escenas de celos y hasta las discusiones ridículas. También es parte de crecer. Sentirse ligado a alguien de esa manera es una necesidad – estúpida, puede ser – que se nos ha creado. Mi primera relación fue tan de mentiras que ni siquiera vale la pena considerarla para este ‘análisis’: duró tres meses y básicamente ella era una persona con la cual me veía cada fin de semana para echarnos en un parque y nuestras pequeñas conversaciones servían como intermedio para nuestras extenuantes sesiones de besos.

Eso me dejó un sinsabor y estaba decidido a tener una relación de verdad, así tuviera que fingirla. Y lo hice. La siguiente tuvo todo lo que creía debía tener una relación de verdad: acostadas, en la casa de uno y del otro, fotos carisonrientes en Facebook, conocer a la familia, paseos a fincas, discusiones cargadas de drama, infidelidades – lamentablemente no de mi parte – y terminadas y reconciliaciones cada mes. Todo, menos dos personas que realmente se quisieran.

6 gloriosos meses de fingir una relación y de un inútil ejercicio de autoengaño para justificar el sexo sin amor y todo el tiempo que compartía con esa persona creyendo que me importaba. Pero yo sabía lo que pasaba. El tiempo que pasábamos viendo una película o hablando de lo que pasaba en nuestras vidas era el tortuoso preámbulo necesario para que ella empezara a quitarse la ropa. Parafraseando un comentario que vi en Old Christine, no pasábamos más de tres minutos de conversación sin que alguno metiera su mano en los interiores del otro.

Y no es que ella era fuera tonta o completamente carente de encanto intelectual, pero es que estaba lejos de ser lo que yo esperaba. Claro que me sentía culpable… uno sabe que está en una relación fingida, cuando después de terminar el acto sexual, a uno ya no le parece divertida la idea de tener que compartir las cobijas con esa persona y se da cuenta de la cantidad tan irresponsable de veces que ha dicho ‘te-amo’ o sus variantes. Ese es el momento en que uno debería mandar la farsa al carajo, pero ¿quién se atreve a hacerlo en una situación tan incómoda? Había que mostrarse natural y espontáneo, poner algún tema de conversación y abrazar de vez en cuando para que no se sospechara que algo andaba mal.

No estoy orgulloso de haber durado tanto tiempo así, sobre todo cuando no era simplemente yo usando a la pobre chica enamorada que me escribía cartas llenos de dibujitos rebosantes de ternura. Porque las cartas y los dibujitos efectivamente existían, pero eran un débil paliativo para lo que me dejaban sus continuos comentarios acerca de otras personas que le gustaban o, peor aún, seguía amando. Su Tumblr, que stalkeaba frecuentemente, hacía constantes referencias a mí; casi siempre en términos peyorativos, diciendo que estaba aburrida de la relación y contando cómo deseaba a otras personas. Lo solucionaba todo diciendo 'esas son bobadas. yo en realidad te quiero a ti' y con... ya saben con qué.

Tuve que lidiar con su bisexualismo que el día en que terminamos, me confesó, se había resuelto en lesbianismo. Me había acostumbrado tanto a fingir, que fingí que me dolieron sus palabras, cuando básicamente me sentía mal por el fin de un conveniente contrato de intercambio de favores sexuales.

Mucho se dijo después de eso que me convenció de que yo había sido menos despiadado de lo que había pensado. Su versión de la historia se fue haciendo cada vez menos amable conmigo: no se quedó tranquila con hacerme saber la falsedad de sus ‘te-amo’, sino también la de sus orgasmos. Aparentemente siempre estuvo consciente de su lesbianismo, pero la pobre chica se sentía forzada a intentar llevar una vida normal.

Así acabó todo. Sin que ninguno de los dos tuviera autoridad moral para reprocharle nada al otro – Lo cual no impidió que lo hiciera –. Aunque ella fingió más… al menos a mí sí me gustan las mujeres. Mi conclusión es que las relaciones de mentira le hacen mal a la autoestima y menoscaban la dignidad. Por eso prometí nunca volverme a involucrar en una… aunque a veces no sé; definitivamente la lujuria genera produce estragos.

jueves, 21 de julio de 2011

El deporte injusto

Los partidos de la más reciente edición de la Copa América volvieron a poner de moda uno de los temas de discusión clichés alrededor del fútbol: su falta de justicia. Entonces nuevamente todos recordamos, si es que en algún momento lo olvidamos, que el fútbol es un deporte distinto; existe una condición fundamental en su mecánica que aparentemente no tiene ningún otro deporte y es razón de ello que muchos lo aman y muchos otros lo odian: en el fútbol no se requiere de ser el mejor para ganar.

El fútbol está diseñado para que en cualquier partido, por abismal que sea la diferencia, exista la posibilidad del triunfo para el equipo más débil o el que peor juegue ese partido – ambas cosas no siempre son equivalentes -. Este aspecto concreto hace que el fútbol sea verdaderamente impredecible.

Recuerdo haber leído por los días del mundial pasado a un periodista norteamericano que comentaba acerca del intento de los ‘liberales’ de introducir al Soccer en el Mainstream de Los Estados Unidos. Se refería despectivamente al fútbol. Comparándolo con Seinfeld, lo catalogaba como Un deporte acerca de nada. Parte de su crítica tenía que ver con muchos de los aspectos que hacen parte de la discusión actual, especialmente la existencia de empates y por tanto la posibilidad de jugar conservadoramente y obtener recompensa por ello, y que el talento individual no parezca ser un valor decisivo. Incluso consideraba que el fútbol es un deporte que promueve la mediocridad ya que supuestamente cualquiera, aún sin tener muchas habilidades, puede encontrar un lugar en el juego y salir victorioso.

Yo creo que gran parte del valor del fútbol tiene que ver con esa facilidad de acceso. Es probablemente el deporte que requiere menos fundamentación técnica y talento innato para practicarlo con éxito al menos de forma amateur. Hasta los troncos podemos con un poco de suerte quitarle el balón al crack, sacar un tiro de la línea o meter un gol, porque en muchos casos finalmente es cosa de sólo empujarla. Muchísimo más se requiere para hacer un birdie, un Home Run o siquiera una canasta (yo nunca pude pese a ser relativamente alto). Así es, jugar al fútbol es muy fácil. Pero ganar en el fútbol es un asunto complejo. Empezando porque lo juegan muchas personas y porque cada colectivo debe sincronizarse muy bien para arrastrar el balón cien metros y lograr que este pase a través de un pequeño arco custodiado por una persona que vive y come de no dejarlo pasar. Tener el balón en sus pies más tiempo que el rival no le asegura poder pasearse más cerca por el arco y pasearse más por el arco no le asegura anotar más veces.

Cuando en las situaciones anteriores gana el 'no', se habla de injusticia. Y aunque yo diría que el término es válido, hay cosas para considerar. En las protestas, por un lado, se hace demasiado énfasis en el ataque y en la generación, como si defender y atajar bien no hicieran parte de las premisas del deporte y como si los defensas y porteros estuvieran de adorno, por protocolo, como la mayoría en Súper Campeones. Por el otro lado, se privilegian demasiado los aspectos técnicos (talentos, habilidades) sobre los mentales (concentración, decisión, entrega, la llamada garra). Claro que la suerte también tiene una gran participación en la resolución de muchos partidos. Pero cada uno es un caso distinto. Es tonto apelar a que tal ‘mereció ganar’ porque tuvo un par de remates más o tuvo una posesión ligeramente superior. Pero ejemplos como los de las dos ‘victorias’ por lanzamientos desde los once metros de Paraguay inevitablemente nos llevan a dictar que existió una injusticia porque los números fueron apabullantes.

Y es que además de las muchas variantes que existen dentro del partido regular para que éste pueda declararse como una injusticia, el fútbol tiene una modalidad de desempate que nunca dejará de hacernos sufrir y rabiar: la comúnmente llamada lotería, especialmente criticada porque es un juego diferente. Es una forma de decidir quién es mejor, que no guarda prácticamente ninguna relación con el juego en sí, y nada parecido ocurre en ningún otro deporte. Pero si hablamos de resoluciones que no tienen nada que ver con el juego, existe en el fútbol, para tristeza de todos, una mucho más aberrante: la moneda, para cuando los equipos empatados no se están viendo las caras.

Es natural imaginar maneras de que el fútbol sea menos injusto, porque la idea nunca es premiar al que peor juegue. Por bello que nos parezca el fútbol tal como es, nos molesta cuando la mediocridad se ve recompensada de una u otra manera. Y es que así los dos equipos hubiesen jugado maravillosamente, deja un gran sinsabor cuando un partido vibrante y bien llevado se debe definir de una manera burda. ¿Qué tal no usar el sistema de eliminación directa sino el de liguillas hasta el final en las competiciones FIFA? No es tan descabellado si pensamos en que se usó incluso en una Copa del Mundo: Brasil 1950. Pero claramente esto no se va a hacer porque atenta directamente contra la emoción y tensión que suscita el deporte y lo bien que esto vende, todo lo que representa La Final de un torneo. ¿Qué tal que después de jugados los 120 se declare ganador al que haya tenido mayor posesión, más tiros al arco o menos tarjetas? Ganar por puntos, como en el boxeo.

Pero todo eso es fantasear demasiado. Si se quieren modalidades del fútbol donde se puede ganar exclusivamente a base de destreza, tenemos Fifa Street de EA Sports. El fútbol de verdad se trata de meter goles y la reglamentación de este deporte, con más de un siglo de historia, determinó que doblegar al rival no sería cosa tan fácil como en los demás deportes, y lo es mucho menos ahora, cuando todo se ha hecho tan complejo táctica y técnicamente. A los que nos gusta, nos gusta por eso. Porque cada gol sea trabajado y sufrido. Porque dentro de la cancha pueda pasar un millón de cosas. Por los momentos dinámicos y los muertos. Hasta por los pases fallidos.

Así es la cosa. Hay una nube de decepción que cada tanto se posa sobre el fútbol y hace preguntarse a muchos si realmente vale pena jugar a un deporte donde no basta con ser mejor que el rival para ganarle. Pero con todo sigue siendo el deporte más apasionante del mundo.

jueves, 14 de julio de 2011

El sueño Bloggero.

Como sentía cierta presión para volver a escribir y en el momento en que finalmente me encontré en disposición ya todas las ‘buenas ideas se habían ido’, decidí apelar a lo simple, a una técnica ya clásica: que el mensaje se refiera al medio. Tal como cuando al estudiante de audiovisuales o radio se le dificulta ingeniarse una buena idea para una crónica y decide hacerla sobre mí mismo, un estudiante universitario enfrentándose a la presión del medio universitario y a sus problemas de creatividad e indecisión, pasando de una idea a otro y a otro.

Más o menos eso es lo que traigo en este momento. Una entrada de blog a manera de reflexión sobre lo que implica tener un blog. Y no es poca cosa considerando que bloggeo desde el año 2006 y ya son como 6 o 7 direcciones firmadas con mi nombre, todas completa o parcialmente abandonadas. Hoy he venido a salvar ‘La Enajenación al poder’ y veremos qué tal sale.

La idea de algo parecido a un blog siempre existió como un sueño en mi adolescencia, cuando sin conexión a internet, ni esperanzas de tenerla, pasaba horas (recuerdo aquellas bellas horas) escribiendo reseñas de discos, visiones sobre el mundo y declaraciones personales por las que no me pagaban y que nadie leía. Tiempo después el sueño se cumplió. Encontré que internet me daba la posibilidad de que gratuitamente mi material fuera leído, compartido y comentado por usuarios alrededor del mundo, y aunque no recibiera beneficio económico por ello la realización personal que otorga una buena valoración de un desconocido es incalculable.

Así empecé a los 19 años. Pero sin una dirección clara, aunque con mucha pasión, fui llenando mi primer blog de escritos desgarradores, llenos de angustia juvenil que eran difíciles de ofrecer a un público mayoritario. Era finalmente, como muchos, un blog para mí mismo y para uno que otro amigo. Para que terminaran preguntándose por mi salud emocional y si sería posible que cometiera suicidio. Al mismo tiempo, subsistía ese estilo con otro más limpio y bien enfocado. Al fin al cabo como futuro comunicador social, y persona interesada en los asuntos humanos, podía ofrecer una experiencia un poco más profesional y universal. No sólo abarrotar los anaqueles de internet con quejas y relatos de sueños rotos, sino producir textos realmente ilustradores y enriquecedores. De allí surgieron Pertinente, El Diario del Melómano y el blog que se encuentra leyendo actualmente.

Este ideal de trascendencia termina siendo el de un porcentaje realmente bajo de los blogs que se abren en el mundo. Incontables los blogs que se quedan abandonados a la primera entrada o ni siquiera llegan realmente a justificar el acaparamiento de direcciones (casi todas las buenas) al sólo dedicarse a postear nimiedades, o fotos o videos prestados, para las que Facebook o Tumblr pueden bastarse bien.

El verdadero bloggero es el que siente un compromiso con el espacio que ha generado, porque quiere comunicar algo al mundo y construir experiencia intelectual en la red, pero se choca con muchas barreras. ¿Hay de verdad gente con tiempo para leer todas las entradas que tan bienintencionadamente se escriben a diario? La mayoría de los blogs, aún de los que tienen la clara intención de convertirse en herramientas útiles para muchos individuos, terminarán siendo leídos por nadie. En parte porque pocos tienen la paciencia y el ingenio para echarse a cuestas a un blog que combine constancia y calidad, que conserve una línea coherente y cumpla las expectativas del público más dispuesto a distraerse de la historia. Por ejemplo. Usted está leyendo en vez de ver porno, o chatear con la persona que le gusta, o jugar un novedoso disparador en primera persona o verse el último estreno de Hollywood. Y lo hace porque dentro del complejo proceso de organización y jerarquización de la blogósfera, yo quedé relativamente bien ubicado y tengo lectores. Pero en cualquier momento puedo perder su atención, quizá para siempre.

Internet está plagado de gente común pero talentosa y además de competir con ellos están también los grandes medios, que también tienen sus propios bloggeros. ¿Cómo lograr que a uno lo lean? Hasta hace uno o dos años esta pregunta, y la incapacidad de responderla, era casi suficiente motivo para abandonar el ejercicio bloggero. Sin embargo hubo transformaciones importantes y el furor de Facebook y más recientemente Twitter, ambos enormes facilitadores del trabajo de ‘compartir tu arte’ pusieron el sueño bloggero nuevamente en camino. Y es que en general ahora en internet todo se conecta con todo y los esfuerzos creativos ya no se ven tan aislados. Tu Flickr apoya a tu a Tumblr y éste a tu Twitter y éste a tu blog (y todos con todos) y si se dispone del tiempo y la pasión necesaria el ideal de generar contenidos y que estos tengan consumidores reales no está tan lejos. Hay que tener una buena idea y llamar la atención hacia ella publicitándola en todos los medios al alcance.

Difícilmente lograría tantas visitas en este, y mis otros blogs, sin una cuenta de Twitter manejada con cierta destreza y constancia. No se trata sólo de reconocimiento, pero éste es muy importante. Haciendo referencia un poco al mensaje de presentación de este blog, si bien no me pagan por esto, si al menos un par de personas consideran que lo que yo hago es un poco mejor que basura y quedan con ganas de leer más, siento que no hay razones para bajarse del sueño bloggero.


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