jueves, 28 de marzo de 2013

Ser agnóstico en Semana Santa


Tal vez parezca poco sensible jugar al grinch de la semana santa, pero juro por la posible existencia de Dios que no es mi intención. Simplemente desde mi posición de outsider tengo derecho a reflexionar sobre la festividad por la cual recibo dos días de descanso pago… a pesar de no creer.

Lo bueno del agnosticismo es que uno es un outsider a medias. De hecho, ser agnóstico es genial. Los ateos te respetan, los creyentes no te aborrecen… tanto. Cuando mueras, si definitivamente Dios no existe, no te sentirás tonto por haberte pasado la vida venerándolo. Por otra parte, si resulta que sí existe, tal vez sea posible que decida enviarte al cielo después de todo, ya que te aferraste a una pequeña esperanza aun sin contar con evidencia; y fuiste bueno sin necesidad de creer ciegamente en la existencia de un dios castigador, lo que es bastante meritorio en estos tiempos. Como agnóstico soy capaz de vislumbrar la existencia de un dios ordernador del universo, pero no podría verlo como un legislador —aunque soy consciente de que la moral cristiana sigue teniendo un peso muy grande en el derecho moderno—.

Entonces, los agnósticos nos situamos en un punto medio muy cómodo. Posamos de humildes, con comentarios del tipo «Me parece algo ofensivo para con Dios que pretendas conocerlo con precisión. Saber exactamente cómo es y qué opina sobre todo», o «¿En serio crees que lo que ves es todo lo que hay? ¿Y las grandes preguntas que aún no contesta la ciencia?».
   
Pero la verdad es que los agnósticos nos creemos superiores. Juzgamos a los cristianos por su ingenuidad y a los ateos por su falta de imaginación. Incluso el ateísmo puede tornarse militante. El agnosticismo no. Por naturaleza es falto de compromiso y hasta irónico. Aunque el agnosticismo a veces sea representado por un signo de interrogación, no es que nos la pasemos preguntándonos si en verdad Dios existe. Es decir, sería interesante saberlo, pero, al menos en lo personal, no es una información fundamental.



¿Cuál es el punto con que exista o no si igual las cartas están ya jugadas? Si nos va bien, mérito de Dios. Si no vas mal, Dios poniéndonos a prueba o preparando el camino ante algo mejor. Nunca nada será su culpa, porque se supone que no comete errores. Ser homosexual está mal, pero no es que dios los haya creado así. ¡¿Qué clase de dios sabio haría un ser de una forma que tiene que ser cambiado so pena del fuego eterno!? Con seguridad los homosexuales no nacen, se hacen. Esas son el tipo de cosas que te dirá casi cualquier cristiano.

Como apuntó alguien por ahí «Dios es como un casino. Nunca pierde». Incluso ya está escrito que derrotará a satanás. ¿Y cuál es la motivación de satanás para combatir si sabe que igual saldrá derrotado? ¿Reunir el mayor número de almas perdidas para torturarlas?


El punto es que ante una visión teológica tan rígida, ¿cómo no sentirnos tentados a desarrollar nuestra propia imagen de Dios? Un dios al que le preocupen cosas más trascendentales que si te acuestas con tu novia o te masturbas pensando en la vecina casada.

Leer Oración por Owen de John Irving me hizo reactivar mi lado místico y mi capacidad de creer en milagros y misiones de vida, pero al mismo tiempo reafirmó mi desprecio por la hipocresía eclesiástica (al menos en su mayoría de instituciones). Y es que básicamente te obligan a creer fervientemente que hace dos mil años una espíritu embarazó a la esposa de un carpintero, pero de ninguna forma aceptarían una historia parecida en estos tiempos. En sus escrituras tienen al único y verdadero mesías. No hay lugar para la salvación en ningún otro lado. Si tú o yo argumentamos haber nacido de madres vírgenes, nos etiquetarían de locos o herejes. En suma, el buen libro, el de Irving me hizo más agnóstico.

Cierro esta reflexión con el mejor argumento, y probablemente el más pretencioso, que tenemos los agnósticos: si de verdad existe un ente divino de inteligencia superior, no debería culparnos realmente por dudar y cuestionarnos acerca de su naturaleza. ¿O sí? ¿Qué sentido tendría que nos hubiera dado inteligencia si íbamos a basar toda nuestra existencia, opiniones y acciones en un viejo libro escrito por un montón de gente distinta, y que sufrió muchas traducciones y manipulaciones?
   

domingo, 24 de febrero de 2013

Vivo


Es curioso, pero últimamente he pensado mucho en la muerte y al mismo tiempo me he sentido excesivamente vivo. He vivido más de la cuenta al dormir poco y soñar casi todo el tiempo que paso dormido. Por otro lado, los malestares en mi cuerpo me recuerdan a cada momento que definitivamente estoy vivo.

Sí, he estado más vivo que nunca, pero no necesariamente más presente en mi vida. Debo levantarme temprano para ir a mi puesto de trabajo y permanecer allí, alerta y productivo, alquilándole mi vida a otro por unas horas; las mejores horas del día. Obviamente recibiré la compensación necesaria para que mi vida pueda ser viable como proyecto en sociedad, incluyendo un seguro de salud que eventualmente debería acabar con mis dolencias.

Si dejo de sentirme mal, probablemente recupere el buen dormir y no sea tan negativo ante la idea de alquilar mi vida. Quizás nuevamente entre en la ilusión de que estoy forjando un gran futuro en el que cumpliré unos sueños que en este momento ni siquiera tengo muy claros. Me conformaré con que las cosas vayan lento y aplazaré mis ideas de realización intelectual ante la seguridad que da una consignación cada quince días. Tal vez hasta cínicamente renuncie a ellas embelesado por el confort de la «sociedad de consumo».

En cambio, en un momento de mala salud, con la sospecha, paranoica o no, de una muerte temprana, siento deseos de acelerar todo, de dar un golpe definitivo que me demuestre que valió la pena habitar este mundo: ya fueran 24, 28, 40 u 80 años. También emerge, claro, un gran sentimiento de culpa por todo el tiempo perdido. Por las horas que malgasté mirando al techo o llorando porque me sentía diferente e incompatible con el entorno en que me tocó crecer. Experimento más culpa de la que sería razonable para un no-creyente. A lo mejor en el fondo sí creo. Siempre creí que debía hacerlo todo perfecto y que se me castigaría por cada error.

Ahora mismo no sé cuál es la actitud o el comportamiento ideal, pero aparentemente no he abandonado el sendero correcto: pon buena cara y haz lo que tengas que hacer. No obstante, necesito un plan B. Algo que me permita sentir que realmente estoy presente en mi vida y que le doy la dimensión que se merece.