sábado, 17 de enero de 2015

Cuando Maluma ofendió al heavy metal


En Colombia la indignación es un deporte que se practica en todos los estratos y regiones. Nos indignamos por cosas que importan y por cosas que no, aunque es más habitual lo segundo.

Hay una constante prevención por todo lo que el otro pueda decir, y a la hora de sacarlo de contexto para aumentar su potencial de provocar indignación, los grandes medios están más que listos. Con el pasar de los días, la gente más prudente empezará a analizar mejor la situación y señalará un nuevo caso de sobreactuación masiva; aunque el daño ya estará hecho, porque la mayoría de los indignados lo seguirá estando, hasta que haya un nuevo objeto de indignación

Pero es un trabajo necesario. Por eso antes de que pase más tiempo y el hecho se borre completamente del imaginario colectivo, quisiera referirme a una de esas situaciones mediáticas que marcaron el año pasado. 

Todo se desencadenó a partir de ciertas declaraciones emitidas por el cantante medellinense apodado Maluma, en una entrevista realizada en el mes de noviembre. Maluma está, como se dice vulgarmente, hasta en la sopa. Nos lo meten en programas de concurso, publicidad y revistas de farándula. Sabemos que es el ídolo de las jovencitas y que se tapa en plata haciendo una música que a muchos nos cuesta tomar en serio.

En ese contexto, es normal, que exista un poco de resentimiento. Y cuando un personaje genera incomodidad, sus muchos detractores viven alerta a una caída, a cualquier detalle del que agarrarse para confirmar que su odio tenía justificación. Así funcionan los prejuicios.


Pero si se ve muy noble.

En el caso del cantante paisa, probablemente esté en el imaginario de muchos como un joven superficial, con escasa educación musical y, por el tipo de música que interpreta, alérgico a todo lo que huela a rock. Por eso el sensacionalista titular de El Tiempo «No he podido entender la gritadera del ‘Heavy Metal’» se recibió tan mal. Pero, ¿por qué titular la entrevista con una frase aislada que no solo no recogía el sentido de la misma, sino que ni siquiera expresaba en su totalidad la opinión del cantante sobre esta corriente musical? ¿Por qué era tan relevante saber si a Maluma le gusta o no el heavy metal? ¿Ganas de crear controversia a toda costa?

Para entender mejor la dimensión de la polémica, y si esta era necesaria, hay que empezar por tomar en cuenta la pregunta y la respuesta completas:

—     ¿Es cierto que usted no soporta el ‘heavy metal’?
—     No es que no lo soporte, es que no lo entiendo. Tengo mucho respeto por los músicos de cualquier género, porque si están haciendo música, están creando arte, y por eso me identifico con cada uno de ellos. En lo del heavy metal, lo que no he podido entender es la gritadera. (Risas). Igual, mi production manager es roquero. En mi grupo de trabajo, todo el mundo tiene una onda muy diferente a lo que hago yo, y esa diversidad es muy bonita.

Identifico varios elementos que deben servirnos para atenuar el supuesto daño a la comunidad metalera. Primero, lo mucho que se esfuerza Maluma, ya sea por convicción o por corrección política, en resaltar su respeto hacia quienes hacen este tipo de música. Segundo, que él reconoce que su crítica parte de cierta ignorancia sobre las convenciones de este género y no de una apreciación elitista. Y tercero, sobre lo cual quiero detenerme para luego articular con el segundo punto, ¿qué es eso de la “gritadera”? ¿Tan alejado estuvo de la realidad?

Para los que estamos lo suficientemente empapados de la historia del metal, el término heavy metal está de alguna manera reservado para los artistas que pertenecieron, o suenan parecido, a las primeras olas del género, en las que destacaban más las voces virtuosas que las de tipos enfadados con ganas de destrozarse las cuerdas vocales. Sin embargo, en un sentido más amplio y mundano, aunque no necesariamente incorrecto, heavy metal (que literalmente traduce “metal pesado”) se emplea para referirse a todos los subgéneros que se desprenden del fascinante género iniciado por Black Sabbath, entre ellos algunos innegablemente “gritones” como el black metal.

Pero es que tampoco hay que irnos tan lejos ni exigirle a Maluma un riguroso conocimiento sobre los subgéneros del metal para encontrar verdad en su apreciación. Una canción como “Painkiller” de Judas Priest, puro heavy metal, fácilmente puede considerarse gritada, sobre todo en comparación con el estándar de la música pop.



Se puede pensar que la forma como Maluma uso el término “gritadera” fue prejuiciosa y peyorativa, pero seguro no lo fue más que cualquier alusión a la vulgaridad o la falta de creatividad del reggaetón, opiniones que músicos de otras tendencias han expresado hasta la saciedad. Incluso, en ocasiones los mismos adeptos de los diferentes subgéneros del metal utilizan este tipo de expresiones para desprestigiarse unos a otros.

Pero tal como sucede con el racismo u otras formas de discriminación, la ofensa permanece si el término usado para referirse a alguien es recibido en clave de insulto. En los casos en que no solo se acepta como de naturaleza neutra o descriptiva, sino que incluso el grupo minoritario se apropia de él con orgullo, se genera resistencia (ver nigga o queer).

Los rockeros o metaleros que se ofendan porque les dicen que su música es gritada están entrando en una gran contradicción, la de negar o avergonzarse de uno de los elementos más especiales de esta forma de arte y en parte al que se le debe su tono rebelde. O como dice Claude Chastagner en su libro De la Cultura Rock:

"La voz es una de las expresiones más radicales de la individualidad más obstinada del artista. Nos empuja, nos llama, nos pide que también nosotros afirmemos nuestra autonomía e independencia. No es un azar que las formas de rock que cultivaron de manera más ostensible la revuelta (…) privilegiaron (tal vez en exceso) el grito, el aullido, el ruido. ‘aullar es la única cosa sensata que se puede hacer’, escribe Neil Nerhing, ‘es lo que el grunge, el hip-hop, el metal, el punk y el riot grrrl tienen común, y como ellos aúllan bajo la mirada del público, las autoridades los detestan’ ".

Los músicos de este tipo de géneros saben que gritan, poco o mucho, y no deberían tener ningún problema en que se les reconozca. ¿Por qué otra razón Judas Priest titularía uno de sus álbumes Screaming for Vengeance? La legitimidad del grito es tal que no sola la encontramos en estos hijos revoltosos del rock, sino también en leyendas como James Brown o, atención al nombre, Screamin’ Jay Hawkins.



Es válido que la gente piense que ciertas opiniones buscan reducir la complejidad y riqueza de la música que les gusta, y extienden la ignorancia al respecto en una sociedad tan cerrada, pero hay que insistir: Maluma no dijo que esta música se tratara exclusivamente de gritar; dijo simplemente que no entendía esa parte. O sea, que hay una dimensión de esta expresión artística a la cual le es incapaz de acceder. Volviendo a Chastagner:

"Cuando [la voz] abandona las normas que le asigna el código social, cuando sale del marco de la comunicación o de la expresión estética convencional, pone al oyente en contacto con lo secreto, lo escondido, lo que pertenece a lo íntimo del artista, más que a su aspecto social. El grito es la expresión de un rechazo a la convención, al posicionamiento colectivo. El grito, como forma exacerbada de emoción, constituye una oposición a la mentira".

No puede ser que el metalero sufra cuando su música es absorbida por la masa, pero también cuando es incapaz de comprenderla. ¿No es más bien un logro que Maluma se declare impedido para acceder a ese universo de sentido? Si aún hay gente que es incapaz de entender algunas de las convenciones de la música que nos gusta, si no pueden sentir la belleza y verdad que puede haber en un grito desesperado, rabioso o eufórico dentro de una canción de rock, quiere decir que la bestia aún no ha sido domada del todo, y eso es algo de lo que debemos sentirnos orgullosos. 


Otos ejemplos de gritería que disfruto:





domingo, 7 de julio de 2013

Sobre el aborto

En lo que respecta al aborto, voy más allá de la opinión políticamente correcta de «en casos de malformaciones y violaciones». Creo que debería ser posible practicar abortos legales en todas las circunstancias en que no se ponga en riesgo la vida de la madre —o sea, en los primeros meses de gestación—, si existe consenso por parte de los potenciales padres y, cuando se trate de menores de edad, de los padres de los padres.

No obstante, antes de efectuarse el procedimiento, debería brindárseles, especialmente a la madre, información y asesoramiento psicológico, y hasta espiritual, para cerciorarse de que la decisión sea tomada a consciencia considerando todos los pros y contras. Mejor dicho, a la madre debería pintársele un panorama en el que la opción menos recomendable sea el aborto, pero que siga allí como opción si definitivamente no hay forma de que cambie de idea.

Yo no estoy a favor del aborto. Estoy casi completamente seguro de que nunca evitaría el nacimiento de un hijo mío. Aun para alguien poco supersticioso como yo, el escenario es tenebroso. De lo que estoy a favor es de la libertad personal y de la efectiva secularización del estado. No encuentro el aborto instrínsecamente positivo, pero siendo consecuente con la compleja situación social y económica que afronta el mundo, y en especial nuestro país, entiendo que en muchos casos puede ser el menor de los males. Y si podemos hacerlo aún menor poniendo a disposición los elementos para que se haga de forma profesional y segura, es mucho lo que estamos progresando. 

Por otra parte, como varias personas han mencionado, no creo que irse de aborto sea para una mujer como irse de paseo, por lo que no veo lógico que la liberalización en este aspecto vaya a generar un frenesí abortivo de proporciones bíblicas como temen los conservadores. A  Quien pueda practicarse un aborto más de una vez, sin ningún remordimiento ni trauma, definitivamente me le quito el sombrero.



En mi opinión, hay niveles de inmoralidad en el aborto. Así como no se puede juzgar igual a la chica abusada que a la que se olvidó de planificar, también hay diferencias notables entre la muchacha pobre a la cual su novio prometió el cielo antes de abandonarla y la mujer rica casada que quiere desaparecer el fruto de una aventura.

Mi fuero interno me señala que a la segunda debería obligársele a tener el hijo porque tiene con que mantenerlo, pero como lo que quiero es sugerir un esquema legal sensato que no responda a condicionamientos morales, debo creer en que ambas tienen el mismo derecho a interrumpir ese embarazo que, por una u otra razón, ya no desean.

Muy en la dirección de John Stuart Mill, creo que el castigo, si tiene lugar, estará en el repudio que estas mujeres pueden llegar a recibir en su entorno familiar o vecinal por causa de su decisión o en las secuelas psicológicas que esta probablemente deje. Quizás porque como dicen: Hell is other people. Pero no lo deseo el mal a nadie. Si estas mujeres consiguen proseguir su proyecto de vida de forma feliz y con el apoyo de quienes las rodean, me parece fabuloso.


Si hay un dios que castigue estas cosas, que salden cuentas con él después. Por lo pronto, que cada cual se las arregle como pueda y preferiblemente con ayuda de un marco legal que facilite la realización personal, dejando a un lado el lastre de la tradición religiosa. Claro que quien quiera recurrir a ella para moldear su existencia, puede hacerlo. De eso se trata la libertad. Si los padres temerosos de Dios y enemigos de la contracepción quieren tener hijos como conejos, pueden seguirlo haciendo... por ahora.

La sección de comentario queda abierto para todo el que quiera compartirme su opinión —tan conservadora o libertaria como se le antoje—.


Philoraptor es un ponente habitual de este blog.